El resumen de lo que ocurrió ayer en el Congreso de los Diputados lo ha reflejado muy realmente Antonio Martín Beaumont, director de El Semanal Digital. Me permito trasladarlo aquí para mis lectores.
Cuando se produce un debate de las características del de ayer todos los participantes dicen haber vencido, y presumen de que el rival cometió errores imperdonables. Pero desde el canciller Bismarck sabemos que "nunca se miente tanto como antes de unas elecciones, durante una guerra o después de cazar". Bien, aunque estamos en la temporada ni Mariano Rajoy ni José Luis Rodríguez son cazadores -que se sepa-, ni hay guerra, pero ambos eran bien conscientes de que lo que dijeron e hicieron ayer en el pleno del Congreso será tenido en cuenta en las siguientes elecciones.
Lo curioso en este torneo es que el teórico aspirante, el líder de la oposición, se mostró mucho más firme en sus planteamientos, y en cambio Rodríguez, que teóricamente defiende su posición, fue belicoso y trató de "romper" el debate. Por cierto, volviendo a Bismarck, faltando a la verdad en algunos puntos importantes. Pero es que antes o después habrá elecciones.
Rodríguez llegó al hemiciclo intentando dar una imagen de serenidad y fuerza que realmente no tenía. El jefe del Ejecutivo tuvo que jugar la única carta que podía mantener ayer serenos los ánimos tanto dentro de su PSOE como entre sus socios de Gobierno: la hostilidad contra el PP. Y si uno hubiese escuchado sólo al presidente y a los demás participantes del debate, salvo al PP por supuesto, pensaría que el verdadero problema constitucional de España, para la concordia y también para la vertebración territorial, es la existencia del Partido Popular. Sin los de Mariano Rajoy todo iría mejor: fue probablemente la idea más desarrollada en la tribuna del hemiciclo de la Carrera de San Jerónimo.
Y para Rodríguez es verdad esto que, por lo demás, no es cierto. Para el líder socialista habría sido mejor encontrarse con un Rajoy achicado, pensando a corto plazo y en términos de partido. Y en cambio se vio frente a un líder de la oposición que razonó en términos de estadista, y que en vez de devolver los golpes recibidos en su persona y en su partido explicó por qué el presidente de todos los españoles accede a la liquidación de la "España plural" de la que tanto habla, y cómo el proyecto de Estatuto de nacionalistas y de socialistas implica una verdadera reforma constitucional que afecta a todos los españoles y que termina con el consenso institucional forjado en 1978.
Rodríguez no tiene, en realidad, un modelo territorial alternativo al que tenemos hoy. Si algo vimos ayer es que el presidente del Gobierno es un navegante de cabotaje, que no razona más que a corto plazo y que si se ha metido en el "berenjenal" del Estatut ha sido sobre todo porque no puede permitirse la ruptura del Tripartito catalán, como bien señaló el jefe de la oposición mayoritaria. Y no sabe cómo va a terminar la cosa. Con su expresión de rotunda afirmación, en realidad, ayer no mostró nada más que dos cosas: que no tiene nada nuevo que ofrecer y que su objetivo, bien arropado por sus aliados, era y es la marginación del PP.
Rajoy hizo un esfuerzo para evitar ser "profesoral" en un tema que se presta mucho a ello, y más para alguien que sí sabe de Derecho. Creo que lo consiguió y que sus palabras pueden ser entendidas por cualquier español. Yo no voy a decir que el "número uno" popular ganase, si bien a tenor de lo que dicen las encuestas fue el único que expresó en el Congreso lo que piensa la mayoría de los españoles: con lo que objetivamente el duelo ha empezado con ventaja a su favor, porque demostró tener razón, por más que fuese él solo contra quince portavoces –si unimos a los tres llegados desde el Parlamento de Cataluña- que se esforzaron en atacarle. Ahora queda que todos los miembros del PSOE que en público y en privado se la han dado hagan lo posible por cerrar este problema –el de la reforma constitucional disfrazada de Estatuto- antes de que su líder nos lleve a todos donde no queremos ir.
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