Pocos trabajos en España están peor considerados que el de promotor de ventas. Nuestros convencionalismos sólo admiten como vendedor a todo aquel que se encierra en su tienda y sirve al que tiene la iniciativa de acudir a él. Pero el español tiene plenamente asumido que cuando compra, la iniciativa le corresponde a él. Es tal vez el complejo de pobres lo que nos ha llevado a hacer de la gestión de compras un acto ritual en el que se valora fundamentalmente que se está en la actitud prepotente de comprar, pero nunca que esta función es un trabajo de enorme responsabilidad. Es decir, nos agrada marcar la “diferencia” que puede suponer el ser comprador como sinónimo de opulencia o motivo para que los demás nos valoren. Por tanto, la picaresca de la venta en España está igualmente llena de sin razones, tales como buscar fundamentalmente vendedores que estén “bien relacionados”, de profesionales que sepan enseñar y hacer aplicar nuevas tecnologías o productos; o seleccionar personas de “buena apariencia” o de “trato agradable” como base para realizar bien el ritual de la venta ante los “pavos” de la compra. De la misma forma, las empresas y organismos han imbuido a secretarias, porteros, recepcionistas, un sentido “depurador” de todo lo que pueda significar vendedores como a seres que por su palabrería o ingenio pueden “colocarles” cualquier cosa. Estos planteamientos son verdaderos lastres para nuestro desarrollo y sobre todo para seguir el nuevo ritmo económico lanzado por los países industriales. España necesita urgentemente valorar a los que ya tiene, formar a los que tengan base y admitir, por el conjunto social, a un nuevo profesional de la venta que sale de su empresa y lleva allí donde el marketing lo indique la mejora tecnológica, el producto, equipo o servicio que puede mejorar la actividad de sus clientes. Es decir, un ejecutivo de ventas hay que considerarlo y recibirlo como a un profesional que cree poder ayudar a realizar nuestra actividad mejor o con más rendimiento y por tanto se toma el trabajo de acudir a visitarnos, con objeto de que se apliquen las tecnologías o maquinarias que él puede aportar. Pero el ritmo económico que hoy impera en el mundo es que el que compra y el que vende deben encontrarse muy rápidamente, antes que con la competencia, para equiparse o para facturar uno y mejorar el rendimiento el otro, hoy antes que mañana. Por lo tanto, la formación profesional, los idiomas y la agresividad de ventas son factores que deben de acompañar a todo responsable de las empresas (pues todos a la postre han de vender) y debe de impregnarse en toda la sociedad española que todo lo que hacemos o fabricamos al final hay que venderlo, y por lo tanto, nuestro futuro industrial depende sólo de la venta, ya sea dentro o fuera del país. Como consecuencia debemos cambiar radicalmente nuestra actitud frente al que vende. Debemos saber respetar y admirar a aquel que nos visita como punta de lanza de otra empresa que le han confiado todos sus esfuerzos de fabricación, investigación, creación de ideas o servicios y nos han elegido como receptores de su afán de mejora. Sepamos también que habrán elegido a sus mejores personas como portadores de sus técnicas y esperanzas. Asimismo todos debemos cuidar y hacer nuestro trabajo, siempre con la mira puesta en que lo que hacemos es para que otro nos lo compre porque es mejor, más económico y más rentable que la competencia. Si nosotros somos seleccionados por un comprador, estamos labrando nuestra supervivencia. Por lo tanto, veamos siempre en un vendedor a alguien que ha asumido la representación económica de otro conjunto de trabajadores, y que su trabajo consiste en hacernos fácil la labor responsable de comprar a través de ofrecernos algo con lo que aumentar nuestra rentabilidad. Podemos estar o no de acuerdo con la oferta, pero nunca debemos dejar de respetar el que nos hayan elegido como posibles beneficiarios de su esfuerzo industrial o creativo.