Las grandes civilizaciones de la Antigüedad, Egipto y Mesopotamia, se encontraban en pleno auge, sedientas de metales con que armar sus ejércitos y sobradas de la maña y la sabiduría que habían acumulado durante más de un milenio. España, el lejano confín del Mediterráneo, poseía esos metales, y a buen precio. Los fenicios serían sus agentes de comercio, el vínculo entre la cuna de la civilización y nuestra apartada y atrasada Iberia, que por no tener no tenía ni nombre.
Fue entonces cuando lo recibió, de manos de los fenicios. Is phannim, es decir, tierra de conejos o conejera.







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